El amor
Con este pequeño ejercicio queremos recordar la necesidad de llevar el amor al aula.
Llevar el amor al aula es llevar la escucha, la atención, el interés por la singularidad de cada niña y cada niño, el cuidado, la comprensión, la pericia para abrir los conflictos sin violentar y otros muchos ingredientes, que pueden mezclarse de formas diversas en cada clase y en cada situación.
Además de vivir la experiencia de ser queridos o queridas, niñas y niños necesitan tener palabras para nombrarla, reconocerla y valorarla. Sin palabras es fácil que se les cuelen representaciones obtenidas a través de cuentos, mitos, películas, chats, etc. en los que se muestra el amor de una manera fantasiosa, acotada y estereotipada y que nada tiene que ver con el amor realmente vivido.Para los niños, la dificultad para reconocer y valorar el amor suele ser mayor, sobre todo, a medida que se van haciendo mayores, ya que, desde el modelo de masculinidad patriarcal, se les invita a considerarlo como algo ñoño y debilitante. Es una concepción de las cosas en la que se considera que reconocerse amoroso, abierto y sensible ante otra persona y, por tanto, mostrar la propia vulnerabilidad, es peligroso porque implica desarmarse y perder poder.
Es una lógica que considera invalidante mostrarse tal como se es, o sea, como seres humanos que sienten y necesitan afecto para desarrollarse y crecer. Aunque, claro está, el deseo de amar y ser amados suele ser grande en todo ser humano; de ahí que no es extraño encontrarse con muchos niños y chicos que han sabido desmarcarse de esta lógica.
Por su parte, es habitual que las niñas, tal como suelen ver hacer a sus madres o a las mujeres adultas que las acompañan, se muestren interesadas por todo lo relacionado con los afectos, las relaciones y el amor. Esto les permite enriquecer sus vidas y profundizar en sus relaciones, aunque, a veces, este interés no se encauza bien y las lleva a ser más vulnerables ante determinadas fantasías, mitos, idealizaciones y estereotipos que han constituido el modelo de "amor romántico" y que no les ayuda a reconocer y valorar el amor en su dimensión real.
Por todo ello, nos parece fundamental dar un lugar privilegiado al amor en nuestras vidas y también en nuestras aulas, cuidarlo y poner palabras que permitan reconocer la realidad de las experiencias amorosas y, por tanto, dejar de alimentar ensoñaciones y fantasías que no ayudan dar un sentido libre a estas experiencias.
El amor hacia sí
- Escuchar los sentimientos y deseos de una niña o un niño, tomarlos en serio, respetarlos, es un modo de enseñarles que es posible y tiene sentido escuchar los propios sentimientos y deseos, tomarlos en serio y respetarlos.
- Relacionarse con la singularidad de cada niña o niño, interesarse por su forma única y original de pensar y sentir, darle instrumentos para que se expresen desde sí, es un modo de enseñarles a abrirse a lo que hay en su interior y a aceptar sus propias particularidades, lo que significa también gusto por conocerse y darse a conocer.
- Confiar en la capacidad de cada niño y cada niña para expresarse, hacerse preguntas, sacar lo mejor de sí, ampliar su formación y conocimientos, es enseñarles a confiar en sus capacidades y a buscar su propia manera de desarrollarlas.
- Crear un ambiente en el que el cuidado esté presente y mostrar una disposición a cuidar a cada niño y a cada niña es enseñar, no sólo a que cuiden a otras y a otros, sino también a sí.
Como habrás visto, para desarrollar este epígrafe no hemos usado la palabra autoestima, porque nos parece que no representa realmente lo que queremos transmitir. Para nosotras, la experiencia de vivir el amor hacia sí tiene que ver con el amor recibido y, del mismo modo, se trata de una experiencia que despierta el amor hacia las y los demás.
Cuando alguien es realmente capaz de entenderse, tiene una mayor predisposición y apertura para entender a las demás personas. Cuando alguien se abre a lo que pasa en su interior, suele desarrollar una mayor empatía hacia lo que pasa en el interior de las y los demás. Cuando alguien confía en sus propias posibilidades, tiene una mayor facilidad para confiar en que cada cual tiene su propia manera de poner en juego su potencialidad, sin caer en la tentación de controlar o suplantar el desarrollo personal del otro o de la otra. Cuando alguien se cuida le resulta más fácil cuidar a otras personas, sin caer en la sobreprotección o en la asfixia.
¿Qué te sugiere este ejemplo? En una clase de Secundaria, a un chico que había tenido una vida difícil y residía en una casa de acogida desde los cuatro años, le costaba prestar atención a las clases e interrumpía con frecuencia en el transcurso de las mismas. A pesar de ello, él sintió que su tutora confiaba en su capacidad de estudio, se dio cuenta de que las chicas y los chicos deseaban que no interrumpiera tanto las clases pero que, junto a esto, eran capaces de ver que a él no le resultaba esto tan fácil como al resto, se sintió escuchado y querido. Todo eso le llevó a quererse más y a cambiar, a intentar respetar el ritmo de la clase y a tomar en consideración la necesidad de sus compañeras y compañeros.
En definitiva, lo que queremos decir es que amar y amarse van de la mano. Como dice Asún López, “cuando más centrada en mí misma estoy, más disponible estoy a la relación y cuanto menos centrada, menos disponible estoy.”
La amistad y la pandilla
En la infancia, la amistad con niñas y niños de su misma edad es un espacio privilegiado para compartir afectos. Son muchos los sentimientos que afloran en estas relaciones que no siempre resultan fáciles de manejar: los celos, la envidia, la frustración, la alegría o la inseguridad son algunos de ellos.
Imagina que un niño sienta celos de otro niño que se va al campo con su mejor amigo. Si se le dice que los celos son malos, él rechazará y temerá a sus propios celos, fingiendo que no siente lo que en realidad siente. O sea, perderá una oportunidad de aceptar lo que le ocurre, de entender qué le hace sentir lo que siente, de indagar en las ideas sobre el amor y las relaciones que hace que sus celos cobren fuerza. Perderá, por tanto, la oportunidad de colocar ese sentimiento en su vida, de modo que no dañe ni le dañe.
Quizás, a la hora de escuchar a tu alumnado, sientas el peso de los estereotipos de género. Tal vez descubras que no te resulta fácil escuchar la ira en boca de una niña o la inseguridad en boca de un niño. O, por el contrario, con el afán de erradicar el sexismo, quizás lo que te resulta difícil sea escuchar lo que sí tiene correspondencia con estos estereotipos como, por ejemplo, a un niño que se muestra furioso cuando no logra destacar ante sus compañeros o a una niña que llora cada vez que tiene alguna discrepancia con otra niña.
Sin embargo, lograr que un niño exprese su frustración e indague en ella, es el primer paso para que él pueda desmontar esa forma de relación en la que prima la jerarquía y no el intercambio o la colaboración. Del mismo modo, dejar que una niña profundice en lo que hay detrás de su llanto, le permitirá descubrir el modo de relacionarse con otras niñas, sin pretender que no haya nunca fisuras ni discrepancias entre ellas.
Las niñas, entre sí, suelen dar mucha importancia a los sentimientos que se generan en sus relaciones y dedican tiempo a hablar sobre ellos. A veces, este ejercicio les desborda porque no saben bien cómo manejar algunos sentimientos que, cuando son expresados en voz alta, cobran mayor presencia y realidad. Asimismo, a menudo se ven con conflictos relacionados con los celos, las expectativas frustradas o la dificultad para reconocer sus diferencias. Pero, como hemos visto en el módulo 3, los conflictos son parte de las relaciones y aprender a tratarlos sin violencia les permite profundizar en sus vínculos y que la violencia no entre a formar parte del juego.
Del mismo modo, son muchos los niños, sobre todo a medida que van haciéndose mayores, que aprenden a inhibir la expresión de gran parte de sus afectos. A algunos, aún hoy en día, les resulta difícil ejercitar su empatía, hablar de sus sentimientos amorosos, dar un beso o una caricia a un amigo, aceptar su propio llanto, etc. Cuando esto ocurre, muchos conflictos se expresan sólo a través de la ira o del enfado, resultándoles más difícil mostrar también sus miedos o el deseo de que les quieran. Por todo ello, es importante facilitarles otros cauces de expresión en los que puedan sacar a la luz sus necesidades, sentimientos y deseos en toda su diversidad.
Cada vez es más frecuente ver a niñas y a niños que juegan, corren, hablan o se ríen juntos. Junto a esto, tampoco es extraño, por ejemplo, que un grupo de niñas decidan dejar de jugar con los niños por su brusquedad o que algunos niños ridiculicen a las niñas cuando hablan de sus sentimientos.
Para que niñas y niños aprendan a relacionarse entre sí de un modo más profundo y pacífico, es necesario que empiecen a reconocerse, a buscar los cauces para escuchar y expresar aquello que sienten y necesitan, a tratarse bien. O sea, que aprendan a llegar a acuerdos, a comunicarse, a buscar el modo de estar bien juntos, a sacar jugo a la relación, a no negar las singularidades y las diferencias sin que esto implique sometimiento ni sumisión.
En la pre-adolescencia es habitual que niñas y niños pasen a formar parte de pandillas. Con frecuencia, esto implica sentir la presión de comulgar con la estética, gustos y pensamientos de las y los demás. No es extraño, además, que los papeles que asuman chicas y chicos estén estereotipados y jerarquizados en función del sexo. Por ejemplo, que los chicos luchen entre sí por el liderazgo y las chicas busquen ser valoradas por su atractivo físico.
Por todo ello, ayudarles a prestar atención a la presión que les genera el grupo y a expresar las opiniones y sentimientos, en vez de tomar como propias visiones y sensibilidades que en realidad son prestadas, es ayudarles a ser fieles a sí. O lo que es lo mismo, ayudarles a no violentarse por forjarse una identidad rígida y excluyente frente a otras identidades igualmente rígidas.
En este punto, una vez más, la escucha, el acompañamiento y la reflexión juegan un papel fundamental.
Por todo ello, ayudarles a prestar atención a la presión que les genera el grupo y a expresar las opiniones y sentimientos, en vez de tomar como propias visiones y sensibilidades que en realidad son prestadas, es ayudarles a ser fieles a sí. O lo que es lo mismo, ayudarles a no violentarse por forjarse una identidad rígida y excluyente frente a otras identidades igualmente rígidas.
En este punto, una vez más, la escucha, el acompañamiento y la reflexión juegan un papel fundamental.
Los mitos del amor
Muchas películas, páginas web, comics, cuentos, etc. reproducen los mitos del amor romántico que, además de ser una idealización que no ayuda a que niñas y niños vivan y disfruten del amor en su dimensión real, les lleva a confundir algunas formas de violencia con amor. Estos son algunos de estos mitos:
- “El amor es un sentimiento que, por sí mismo, basta para ser feliz, dar sentido y consistencia a cualquier relación”.
Esta es la idea que se transmite cuando se dice que "esa pareja vivió un amor a primera vista que duró para siempre", o cuando una niña le pregunta a su madre o a su maestra cómo se sabe que se está enamorada y le responde: "lo sabrás, no te preocupes, lo sabrás…"
Con esta idea, es probable que niñas y niños identifiquen "flechazo" con "amor verdadero" y que sientan que lo que toca, tras esa fuerte atracción, es dejarse llevar por la corriente de la relación, como si ésta se creara por arte de magia, dando paso, más tarde, a la frustración de quien ve que las cosas no fluyen como estaba previsto.
Bajo este mito, como "una pescadilla que se muerde la cola", sentir que las cosas no son como estaban previstas les puede hacer pensar que la relación no funciona porque realmente no había suficiente amor.
Bajo este mito, como "una pescadilla que se muerde la cola", sentir que las cosas no son como estaban previstas les puede hacer pensar que la relación no funciona porque realmente no había suficiente amor.
- “Somos media naranjas que, sólo a través del encuentro con la otra mitad, podemos aspirar a ser una naranja entera”.
A través de este mito, niñas y niños aprenden que quererse de verdad es acoplar su vida a la de otras personas, como si fueran piezas de un puzle que encajan a la perfección. Y esto, en el fondo, sólo puede darse cuando se fuerzan las cosas. Por ejemplo, cuando una niña cambia su forma de vestir para estar más acorde con la moda que llevan sus amigas o cuando un niño juega al fútbol sólo porque lo hace su mejor amigo, aunque en realidad prefiere jugar a otras cosas. O lo que es lo mismo, cuando alguien deja de estar presente con todo lo que es y pasa a representar un papel por miedo a que las piezas se desencajen.
Con esta forma de entender las cosas, el miedo al conflicto o a la mera discrepancia se hace grande porque se le identifica con falta de amor, cuando en realidad son muestras de que una relación está viva.
Con esta forma de entender las cosas, el miedo al conflicto o a la mera discrepancia se hace grande porque se le identifica con falta de amor, cuando en realidad son muestras de que una relación está viva.
- “El amor de una pareja es lo que da sentido a la vida”.
Esta es la idea que hay detrás de frases como "sin ti no soy nada" o "sin ti, me muero" que, de un modo más o menos poético, nos muestran a una persona que, por sí misma, no es nada. Una cosa es sentir tristeza o un vacío ante la ausencia de alguien y otra cosa bien distinta es "dejar de ser algo" por causa de esta ausencia.
Esta concepción del amor se transmite con más fuerza a las niñas a través del mito del "príncipe azul", haciéndoles creer que en el mundo existe un hombre capaz de colmar todos sus deseos, de llenar sus vacíos, de saciar sus necesidades. O sea, es un mito que nos invita a dejar la propia vida en manos de otra persona en nombre de una fantasía, ya que en realidad nadie tiene la capacidad de dar sentido a la vida de otro o de otra. Lo único que podemos hacer es dar un sentido propio a la relación que tengamos con otra persona, pero no al revés.
Esta concepción del amor se transmite con más fuerza a las niñas a través del mito del "príncipe azul", haciéndoles creer que en el mundo existe un hombre capaz de colmar todos sus deseos, de llenar sus vacíos, de saciar sus necesidades. O sea, es un mito que nos invita a dejar la propia vida en manos de otra persona en nombre de una fantasía, ya que en realidad nadie tiene la capacidad de dar sentido a la vida de otro o de otra. Lo único que podemos hacer es dar un sentido propio a la relación que tengamos con otra persona, pero no al revés.
- “El amor puede describirse a través de una foto fija”.
Son muchas las escenas románticas que niñas y niños han visto a lo largo de sus vidas: un primer beso en el que dos personas sellan su amor, alguien que hace malabarismos para estar cinco minutos con otra, una conversación en la que dos personas que apenas se conocen sienten una gran complicidad y apertura… Son escenas que, a menudo, les llevan a querer vivirlas tal cual las han visto, con la misma intensidad y la misma emoción. O lo que es lo mismo, son escenas que pueden llegar a prefijar su experiencia amorosa, acoplándola a un ideal y no a los propios deseos.
Del mismo modo, esto también les pasa cuando viven una experiencia muy gratificante con alguien y quieren revivirla tal como ocurrió. Y así, con la vana intención de reproducir un recuerdo, se reduce la posibilidad de disfrutar con lo que acontece en el momento presente y de crear una relación viva. Esto ocurre, por ejemplo, cuando una niña quiere vivir la misma emoción que sintió con otra niña en un viaje y llega a la conclusión de que ya no son tan amigas, cuando se da cuenta de que la relación ha cambiado y que no es igual que esa "primera vez".
Del mismo modo, esto también les pasa cuando viven una experiencia muy gratificante con alguien y quieren revivirla tal como ocurrió. Y así, con la vana intención de reproducir un recuerdo, se reduce la posibilidad de disfrutar con lo que acontece en el momento presente y de crear una relación viva. Esto ocurre, por ejemplo, cuando una niña quiere vivir la misma emoción que sintió con otra niña en un viaje y llega a la conclusión de que ya no son tan amigas, cuando se da cuenta de que la relación ha cambiado y que no es igual que esa "primera vez".
- “El amor verdadero es obsesivo y genera celos”.
No poder quitarse a alguien de la cabeza, sentir deseos de hablar todo el tiempo con ella y de saber qué está haciendo en todo momento, no es amor. Es una obsesión que a veces se despierta cuando nos enamoramos y que no es lo mismo que la enorme apertura que también sentimos en esos momentos.
La apertura nos hace querer ver a esa persona y a pensar mucho en ella, pero a la vez nos despierta la creatividad y el gusto por vivir diferentes facetas de la vida en las que ella o él no están presentes. La obsesión, en cambio, tiene que ver más con la inseguridad y la necesidad de control. Por ejemplo, no es lo mismo un mensajito al móvil que dice "pienso mucho en ti y me gustaría verte hoy" a otro que diga "me muero por verte, te paso a buscar dentro de un rato, ¿dónde estás?". Aprender a distinguir una de otra es fundamental para no caer en la asfixia, el sometimiento e, incluso, el maltrato.
La apertura nos hace querer ver a esa persona y a pensar mucho en ella, pero a la vez nos despierta la creatividad y el gusto por vivir diferentes facetas de la vida en las que ella o él no están presentes. La obsesión, en cambio, tiene que ver más con la inseguridad y la necesidad de control. Por ejemplo, no es lo mismo un mensajito al móvil que dice "pienso mucho en ti y me gustaría verte hoy" a otro que diga "me muero por verte, te paso a buscar dentro de un rato, ¿dónde estás?". Aprender a distinguir una de otra es fundamental para no caer en la asfixia, el sometimiento e, incluso, el maltrato.
Con este mito se cuela también la idea de que a más celos, más amor. Cuando, en realidad, los celos indican inseguridad, miedo al abandono o sentimientos de posesión hacia el otro o la otra. O sea, se trata de sentimientos que se dan con mucha frecuencia cuando nos enamoramos, pero que poco tienen que ver con el amor en sí mismo.
- “Amar a una persona es tener ojos sólo para ella”.
En este sentido, no es extraño, por ejemplo, que una chica deje de relacionarse con sus amigas para tranquilizar a su novio y hacerle ver que le quiere de verdad. Pero, cuando alguien hace una renuncia tan grande para agradar a otra persona, se instala el resentimiento y el empobrecimiento vital.
- “Amar significa atarse a alguien, perder la libertad”.
Por todo lo dicho, no es extraño que alguien llegue a la conclusión de que no vale la pena amar, porque eso implica atadura y pérdida de libertad. Esta idea ha estado tradicionalmente muy presente en el mundo masculino con frases como "ya te pillaron" o "se te acabó lo bueno".
Algunas veces, con el afán de que las alumnas y los alumnos no vivan el amor de un modo tan opresivo, se les enseña a desconfiar de las relaciones, a estar a la defensiva, a crear una muralla a su alrededor, para que nadie pueda acercarse demasiado. Y todo esto limita también sus posibilidades de relación.
Algunas veces, con el afán de que las alumnas y los alumnos no vivan el amor de un modo tan opresivo, se les enseña a desconfiar de las relaciones, a estar a la defensiva, a crear una muralla a su alrededor, para que nadie pueda acercarse demasiado. Y todo esto limita también sus posibilidades de relación.
En definitiva, entre vivir según los parámetros de otra persona y armarse con una fuerte coraza, para que esa otra persona no pueda interferir en nuestra vida, está la posibilidad de entrar en relación sin perder el propio centro.
Si lees el cuento La cenicienta que no quería comer perdices, podrás ver cómo la protagonista recupera su centro y, por tanto, la posibilidad de amar sin atarse ni someterse ni olvidarse de sus deseos y necesidades.
El enamoramiento
Como seguramente has podido observar, las niñas y los niños, a edades cada vez más tempranas, forman parejas de "novios", sufren el rechazo amoroso, dibujan corazones, escriben notas amorosas, etc. Este conjunto de experiencias suelen ser vividas por niños y niñas con mucha seriedad e intensidad. En este sentido, la risa o la burla proveniente del mundo adulto no son bienvenidas en el mundo infantil y les llevan a dejar de contar lo que viven, a sentir vergüenza y rabia y, por tanto, a evitar el acompañamiento adulto para abordar estas situaciones.
La noción de noviazgo es bien diferente en la infancia y en la edad adulta. Aunque niñas y niños tienden a imitar a las personas adultas, dan significados distintos a estas experiencias. A veces, no es más que un juego simbólico en el que se entrenan en eso de formar pareja; otras veces, usan la palabra "novio/a" para sellar la relación con quien se sienten muy a gusto; en ocasiones, es simplemente un modo de expresar su curiosidad sobre cómo son los besos en los labios, etc. Por todo ello, es muy importante escuchar y no dar significados adultos a lo que en realidad significa otra cosa.
En este juego, hay niñas y niños que sufren por no ligar, por no gustar ni resultar atractivos o atractivas. Así, por ejemplo, una niña que tiene una enfermedad en la piel puede sentir que "nunca será atractiva para ningún niño", al darse cuenta de que algunos sienten asco ante lo que le pasa. Del mismo modo, un niño dulce y sensible puede sentirse mal, cuando se da cuenta de que a las niñas les gusta ser sus amigas pero no sus novias.
En este sentido, es importante que, desde la primera infancia, niñas y niños aprendan a descubrir el atractivo que todas y todos tenemos. Para lo cual, es necesario ayudarles a salirse de los estereotipos prefijados. Esto significa, por ejemplo, valorar la belleza que surge cuando una niña es capaz de expresar su singularidad y creatividad a través de su cuerpo, cuando logra ir más allá de esa otra noción de belleza que tiende a encorsetar el cuerpo femenino en un conjunto de medidas, formas o tamaños. Esto significa además reconocer la belleza y el atractivo que se trasluce en un niño que es capaz de expresarse con dulzura y sensibilidad y, por tanto, que no se pliega a los atributos asociados al estereotipo de "seductor" como son la fuerza o la autosuficiencia.
Del mismo modo, es necesario que niñas y niños aprendan a vivir el juego de la seducción como una forma más de expresión, de conocimiento y de aproximación y no como una lucha basada en la conquista, o sea, que los niños descubran que su valor no viene por conquistar a muchas chicas y que las niñas comprendan que su valor no viene por el interés de conquistarlas que despierta en los chicos. Es importante desmitificar esta lógica que, en realidad, les lleva a vivir el acercamiento al otro o a la otra como el colofón de una carrera de obstáculos y no como la posibilidad de crear relaciones significativas y de intercambio con las personas, sean de uno u otro sexo, por las que sienten atracción.
Las ideas que alguien tiene sobre la persona por la que se siente atraída, sean éstas reales o no, pueden dar lugar al "cuelgue", a una atracción que se mantiene a lo largo del tiempo, sin que se dé un mayor acercamiento o profundización en la relación. Esto puede ocurrir con alguien conocido o con quien no se conoce, como, por ejemplo, un actor de cine o una presentadora de televisión.
A veces, el cuelgue se produce por mitos aprendidos que les llevan a confundir su percepción sobre qué es interesante y produce felicidad. Por ejemplo, hay niñas que se sienten atraídas por niños que destacan por su rendimiento deportivo o porque se fijan en ellas y les dicen palabras románticas, o sea, sin tomar en consideración si estos niños o niñas les aportan algo positivo o no. Por su parte, hay niños que, al sentirse atraídos por las formas o medidas del cuerpo de una niña, llegan a idealizarla y a "colgarse" de ella, sin conocer sus gustos y sin tener en cuenta su carácter.
En la otra cara de la misma moneda, hay chicas y chicos que sienten atracción por personas de su mismo sexo y que esconden esa sensación por no conformar el modelo estereotipado y tradicional de pareja, lo que les puede suponer mucha frustración y falta de libertad.
Finalmente, en la experiencia de niñas y de niños, de chicas y de chicos, está también el enamoramiento. Aunque se trata de un sentimiento muy intenso, es sólo una gran apertura que puede ser la antesala del amor, de una simple amistad o de algo efímero.
Los ingredientes del amor
Como ya habrás pensado, para ayudar a que tu alumnado pueda vivir sus relaciones amorosas con libertad y sin violencia, hace falta que hayas hecho una revisión de tus propias ideas sobre qué es el amor, ya que ser una persona adulta no es garantía de estar libre de estereotipos y de mitos. De tal modo que el deseo de educar en el amor nos puede ayudar a vivir nuestras propias experiencias amorosas con más libertad.
El amor surge en la propia relación. Se da cuando, además de la atracción, ganas de estar cerca y gusto al tocar la piel de determinada persona, hay también entendimiento, aceptación y apertura. Estos ingredientes hacen que una simple atracción o un gran flechazo puedan convertirse en una historia de amor. El amor, por tanto, no es algo que dura toda la vida por arte de magia. Su duración y profundidad dependerá de lo que una relación sea capaz de generar.
El amor es algo en movimiento que se presenta de una manera única en cada instante y en cada relación. Es creación, es el arte de abrirse a las experiencias y a la singularidad de cada persona, hacerse presente ante el otro o la otra y mantener viva la relación. Por todo ello, intentar cambiar a la persona a la que amamos o rechazar lo que le hace vibrar mata la posibilidad de relación e intercambio.
Para aprender todo esto, es importante que las alumnas y los alumnos aprendan a VER a las personas que quieren. Esto significa no dejarse atrapar por una idea prefabricada sobre esa persona que no les permita iniciar la aventura de descubrirla realmente, sabiendo que habrá cosas que les resulten atractivas y otras que les resulten difíciles de compartir. Esto implica llevar el corazón a terrenos concretos, relacionarse con una persona real y no con lo que la niña o el niño quieren que sea esa persona.
Esto significa también, una vez más, que los chicos se dispongan a enriquecerse con lo que son y hacen las chicas, que las chicas no magnifiquen ni idealicen la experiencia de los chicos para poder acogerla en su vertiente real, que los chicos aprendan a dejar la jerarquía fuera de sus relaciones y que las chicas sepan que son dispares entre sí. Y que unas y otros no rechacen la posibilidad de una relación amorosa con alguien de su mismo sexo.
Pintada en un muro de la ciudad de Madrid.
Es fundamental que, desde ahí, desde la singularidad concreta de cada chica o cada chico, unas y otros aprendan a sacar el mayor jugo a sus relaciones, sin aceptar o justificar aquello que les hace daño. Tienen que saber que el amor no es un ente abstracto que todo lo cura, sino algo que se pone en las relaciones y que es incompatible con el maltrato o la violencia.
Esto no significa que una relación amorosa se caracterice por la ausencia de conflictos, dificultades o altibajos. Lo que la caracteriza realmente es la forma de afrontar estas situaciones. Cuando hay comunicación, interés por aprender del otro o la otra y ganas de expresar lo que se siente sin hacer daño, los conflictos y las dificultades pueden ser oportunidades para profundizar aún más en la relación.
Cualquier relación amorosa supone respetar, dar importancia a las necesidades y opiniones de la otra persona, saber compartir, dar cariño, estar atento o atenta a lo que le pasa al otro o a la otra. Pero esto no significa olvidarse de sí; es necesario tomar en serio también aquello que sentimos, que deseamos y necesitamos. Esto significa dotar a la relación de las condiciones necesarias para crear un pequeño proyecto que nazca del intercambio real, o sea, de un intercambio donde nadie se crea la medida de todas las cosas y en el que quepa la discrepancia y la diferencia.
En definitiva, las relaciones basadas en el amor permiten que cada cual despliegue su singularidad, sea cada vez más libre, no sienta la necesidad de fundirse con el otro o la otra, es decir, permiten que cada ser humano se enriquezca en la relación, sin dejar de ser y de estar con todo lo que es o va siendo.
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